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Entre lo Apolíneo y Dionisíaco

Desde que apareció el primer hombre en la tierra, la necesidad de expresión se ha convertido en un imperativo tan fundamental como su propia supervivencia. Los grupos de convivencia, las sociedades en cada una de sus formas, buscaron conectarse con su entorno natural y con la figura del otro. No es casual que la mirada fuera dirigida a ese “afuera” que involucraba tanto a los cielos como a la tierra, existiendo aquellos que aprendieron a comunicarse con el mundo desde lugares más racionales o más espirituales.

Marisol San Jorge nació en Córdoba. Su formación como artista fue nutrida, entre otras cosas, por la experiencia que le dio vivir en una cultura latina como la venezolana, durante varios años de adolescencia. Sin embargo, cuando buscó una formación teórico – práctica Marisol eligió, quizás inconscientemente, nutrirse de esas dos ramas tan antagónicas como complementarias: miró hacia los cielos y hacia la tierra pero también se preocupó de mirar hacia adentro. Estudió Física, Matemática, Astronomía, Dibujo Publicitario y Artes Plásticas; pero lo interesante de su producción es que supo amalgamar sus conocimientos racionalistas con lo inconmensurable e impredecible del mundo espiritual. Y crea entonces un mundo donde la presencia del ritual se hace efectiva a través de la combinación de múltiples elementos expresivos: la pintura, las instalaciones, las esculturas o los objetos. Objetos, aliados si los hay a la hora de representar una escena digna de una experiencia cercana a los ritos ancestrales: elementos como las cenizas, tierra, piedras, carbón, madera, arcilla, dientes, insectos, combinados con otros tantos de una factura industrializada: terciopelo, ropa, cintas de tela, tinta china, lápiz. Una vez más, aquello manipulado por el hombre sumado a lo que escapa a su pequeño circulo de control.

Marisol San Jorge debate su producción en un permanente diálogo; maneja binomios tales como la vida y la muerte, lo eterno y lo efímero, la luz y la oscuridad, lo aparente y lo oculto. Establece un dialogo permanente, un juego de roles entre lo que destruye y lo que es destruido, entre el hombre y la naturaleza, entre los dioses y el hombre (en su indefectible condición de inferioridad), entre el tiempo y la paciencia, entre el lenguaje de los cuerpos y el abecedario, entre los límites fronterizos y la abrumadora presencia de las ruinas. Dialéctica.

“Me cautivan los materiales simples, orgánicos (…). Me gusta realizar mínimas intervenciones sobre o con estos materiales”, dice la artista. Los materiales simples a los que se refiere se tornan complejos en su interacción con otros y con el otro que siempre cree gobernarlos: el hombre mismo. Tal como dice Marisol, las intervenciones deben ser mínimas porque la fuerza del mensaje es inherente a la esencia de los objetos que utiliza. La austeridad, que a nuestros ojos posmodernos puede representar una “simple piedra”, lejos está de serlo. Hay que focalizar la mirada desde otro punto de vista para dejar de ver la piedra en sí y acceder a ese costado simbólico, desestructurado, casi mítico, que nos permita entender la relación existente en los elementos que componen las obras. También el rol que ocupa la ropa es fundamental en su producción, porque la artista decide modificarla, cocerla, intervenirla, la retuerce, deforma y forma con ella, nuevas estructuras que se entrelazan y cobijan a otros materiales. Ya no son envases de nuestros cuerpos, ya no hablan de la identidad de su portador, ya han perdido su función original para ganar otra. Han sido resignificadas. La ropa empieza entonces a fundirse con la naturaleza y se potencia porque la magnificencia del natural, si bien pone en evidencia, en palabras de M. Kundera “La Insoportable Levedad del Ser”, es esa misma presencia magna lo que la enriquece.
Las obras de Marisol unen historias, vinculan mundos, participan tanto de los procesos creativos con sus correspondientes criterios selectivos racionales, como de los trances rituales donde se mezcla el amor (en todas sus formas), la locura, el peligro, el frenesí, el éxtasis, la ilusión, lo humano, lo fantástico, lo primitivo y lo contemporáneo.

Citando las palabras de F. Nietzsche, Marisol San Jorge nos propone una danza que busca su permanente equilibrio, entre lo “Apolíneo y lo Dionisiaco”.


Maria Carolina Baulo.